jueves, 27 de marzo de 2008
CUANDO EL ALMA VENGA A OLER LAS FLORES... autora Julia de La Rúa.
CUANDO EL ALMA VENGA A OLER LAS FLORES...
...Había salido de casa cuando el sol apenas doraba el alba. Los cantos rodados del camino acogían sus pies sólo cubiertos por suaves mocasines de piel. El cuerpo empapado de rocío se protegía con una simple túnica de lino deshilachada y limpia. Su mano portaba un pequeño hatillo que péndolaba a cada paso. Las horas parecían haber pasado ya que el sol con sus rayos perpendiculares, hacia brillar al día. El rumbo ya fijado con mucho tiempo de antelación la llevó a divisar la cima de la montaña que se mostraba poderosa y aun lejana.
La gran floresta repleta de robles y otros árboles que se dispersaban sin ningún orden a lo largo de un gran manantial, parecía haber sido plantada por alguien anárquico y caprichoso y le hizo recordar a las antiguas practicas druídicas de celebrar en las florestas que veneraban, - y a las que jamás podaban sus ramas - rituales en los que impartían justicia ante el sol y la plena luz de la Naturaleza. Las orquídeas salvajes proliferaban al igual que pequeños fósiles a lo largo de todo el camino y las sombras de los arbustos acogían a pequeños pajaritos que picoteaban las diminutas simientes del alpiste entretejidas entre los helechos, que también se cobijaban debajo de los alisos y los sauces buscando la humedad que necesitaban y que según caminaba y avanzaba hacia la cima, era más escasa.
Grandes perros lanudos seguían su liviano caminar sin apenas perturbar su silencio y el de la gran montaña...
Los ojos atávicos parecían haber perdido todo resplandor. La mirada limpia y serena del pasar de los años oteaba el horizonte tratando de adivinar si la cima estaba ya cercana. Los rayos del sol habían acariciando el rostro que se tornaba de un color dorado y, posiblemente su fina piel estuviera quemada. La espalda cada vez se encorvaba más inclinándose premeditadamente tratando de impulsar al cuerpo que aún pasadas las horas caminaba sin detenerse. El crepúsculo parecía acercarse y los pies ahora casi desnudos, - ya que los mocasines parecían bastante deteriorados - avanzaban con más premura... así la cima, pasado el tiempo, acogió ya en el ocaso del día su cuerpo rendido.
La grandiosidad de la cima adoraba los valles. Reina absoluta la montaña dominaba la infinita naturaleza. Una gran piedra ancestral en forma de trono fue acariciada con las manos sutilmente antes de dejarse caer en ella expulsando una gran bocanada de aire, y, respirando lentamente, emitió pequeños suspiros. Los ojos se tornaron tratando de agudizar la mirada para abarcar toda la inmensidad que se mostraba ante ella. Sutilmente fue masajeando sus piernas para intentar aliviar el gran cansancio que parecían haber acumulado. Pequeñas manchas rojizas fueron tiñendo la túnica ya que los dedos estaban cubiertos de gotas de sangre cristalizada. Sólo su lengua fue lamiéndolos hasta que se mostraron blancos, limpios... El sonido del silencio fue arrebatando sus sentidos y los vientos lunares hicieron que instintivamente se replegara cual caracol sobre la gran piedra.
El trino de los vencejos, el chirriar de las chicharras, el murmullo de las hojas, acunaron su alma. A lo lejos un gran rebaño de ovejas regresaba de los pastos hacia las cabañas donde guarecerse de la noche y los lobos. Dos pequeños aguiluchos revoloteaban a su alrededor haciendo que sus graznidos la hicieran sonreír. Los pueblos comenzaban a encender sus luces y las chimeneas dejaban que el humo de los hogares dibujara en el azul aún cuajado de nubes rosadas, formas voluptuosas. La gran piedra mullida gracias al musgo verde oscuro que se aferraba a ella acogía la espalda ya recta que se recostaba tratando de hallar la mejor postura. El sol caía inexorable hacia lo más lejano del valle y con ello la noche parecía cernirse arrebatadora. Las formas de los árboles comenzaban a difuminase, los caminos desaparecían, y los ruidos repletos de sensualidad, crecían... el búho, el cuco, las alimañas. Las luces tintineaban a lo lejos, y sólo cercanas estaban las luciérnagas.
Levantándose y descalzos los pies, comenzó a moverse activando el riego sanguíneo de las piernas que deberían ponerse en movimiento hacia el regreso. La túnica estaba hecha jirones por donde el frío viento penetraba haciendo que su piel se erizara y que un leve temblor se apoderara de ella. Abrió el pequeño hatillo y un hermoso chal de seda malva ricamente bordado la envolvió desde el cabello hasta los pies… la sutileza de su tejido aportó una gran calidez y protección a su cuerpo. Miró hacia las laderas y los caminos por donde horas antes había caminado y pudo darse cuenta que una inmensa luna llena, había sustituido al sol. La oscuridad se imponía por momentos. Su entorno se volvía noche, aún así una gran paz se podía palpar. Indecisa volvió a sentarse en la gran piedra y meditó él por qué debía de regresar a su pasado. Intentó en vano buscar el motivo que la incitara a su regreso más nada ni nadie merecía el gran sacrificio de caminar por los senderos desiertos y oscuros. Los aguiluchos aún revoloteaban en lo alto esperando a la madre águila que les traería el alimento largo tiempo buscado, instantes después dos grandes alas batiendo el viento levantaron un gran revuelo al posarse en los riscos cercanos.
De nuevo levanto su cuerpo suavemente y el chal sé hinchó haciendo que la forma de su cuerpo pareciera volverse moldeable, como si se hubiera convertido en el humo que despidiera la cóncava chimenea de la montaña. Se acercó tanto al borde de la cima que sus ojos se toparon con lo infinito que se extendía sin límites y que curiosamente dotaba a la noche de una gran claridad. La luna trataba de incitarla ofreciéndola un gran columpio colgando de ella donde mecerse. Las nubes su mullido cuerpo... y volvió a mirar hacia los senderos antes caminados.
- Tenebrosa vida he dejado atrás, no merece ser vivida de nuevo, se dijo.
Las horas siguieron pasando absorbiendo la esencia de la naturaleza, pronto el Alba volvería a cruzarse con su mirada y supo que ya no había vuelta atrás.
Hambrienta de paz y libertad abrió los brazos, la seda malva se convirtió en alas, y en ese instante pensó:
- Nada vive mucho sólo la Tierra y las Montañas.
Impulsando su cuerpo hacia el vacío un gran suspiro llenó su alma...
Y:
Simplemente........ Voló.
Cuándo venga el alma a oler las flores... volveré. Gritó. Y el eco expandió sus ultimas palabras que cubrieron de malva la Noche.
Julia De la Rúa.
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